Ayer más de la mitad de la ciudad de Isernia había sido destruida, ni escuelas, ni iglesias, ni ferrocarriles habían quedado intactos. Se decían muchas cosas en el pueblo: decían que todo estaba destruido, decían que mucha gente había muerto porque no esperaban el ataque, algunos decían que iban a volver, otros que no... Pero lo único que estaba claro es que pasara lo que pasara las cosas ya habían cambiado. Tenía miedo….
Mamma hacía planes para la mañana y la tarde, nos detallaba algunas cosas que tenía pensado hacer: “vos te encargas de la comida”, “vos de tus hermanos”, “y yo en un rato me voy a las tierras con tu papà”.
Eran las diez de la mañana, unas sirenas sonaron y por alguna razón todos entendieron lo que significaba menos yo y quizás mis hermanos. Afuera se empezaron a escuchar las corridas y a gritos que decían una y otra vez lo mismo.
- Ya vienen. Ya vienen.
- ¡Mamma! ¡Mamma!
Las corridas empezaron adentro de mi casa para reunirnos todos y salir. El tío Pepino se acercó hasta nuestra puerta y gritó “vamos, vamos que volvieron”. Corrimos directamente al bosque. Algunos de mis tíos y primos ya lo estaban haciendo e iban delante de nosotros, mis nonnos sólo corrían un par de pasos detrás.
La tierra empezó a temblar cada vez más fuerte... Volvió ese ruido horrible que me paralizaba. Ese ruido de abejas otra vez oscureció el cielo poniéndolo de color gris. ¡Otra vez no!
Vi cómo mi tía Rosina se calló de panza al piso, mi tío retrocedió y dándole la mano la levantó tan rápido como pudo, vi como rengueaba después. Me preocupé por ella, era como una segunda madre para mí.
Corríamos hacia el bosque y cruzamos un hombre lo hacía en sentido contrario, volviendo al pueblo. “Volvé, volvé” le gritaban, pero él seguía su rumbo. Qué habría pasado…
Los grandes casi no dormían, a veces me despertaba por la noche y escuchaba murmullos de hombres que caminaban afuera de mi casa vigilando por si pasaba algo. La noche se hacía larga, la oscuridad estaba por todos lados y la lámpara de querosén en el medio de la cocina alumbraba sólo lo que había a su alrededor.
No podía sacarme esa imagen de la cabeza, aviones y más aviones… Acostada en la cama que compartía con Giuseppina, cerraba los ojos y era como volver a verlos. Los abría queriendo cambiar de imagen, cambiar de sueño pero casi era una tarea inútil. Me dormía con esos murmullos en mi cabeza y con esos murmullos soñaba. Me gustaría que todo esto nunca hubiese pasado…me gustaría volver a esos días en los que jugábamos con Anna a la almacenera, o sino simplemente estar en mi casa limpiando, cuidando a mis hermanos, eso ya no importaba.
El sol volvía a asomarse en el cielo, nose exactamente qué hora era, debían ser alrededor de las diez. Mi papà, mis tíos y mi nonno estaban parados afuera, hablaban por lo bajo y de vez en cuando vigilaban el cielo con sus miradas de hombres fuertes y decididos. No alcanzaba a escuchar las conversaciones. A cada rato mamma me llamaba y me decía que me alejara de la puerta pero esta vez no le hice caso, cuando ella se distrajo corrí y me acerqué a papà abrasándolo como nunca lo había hecho. Sabía que iban a volver y no quería estar separada de su lado, él nos iba a cuidar, lo sabía.
Me miró con un gesto de sorpresa, creo que ninguno de los dos nos esperábamos lo que hice. Cuando me dí cuenta, me vi enredada con mis brazos a su cintura y haciendo un rápido salto hacia atrás lo solté. Él me miró con una sonrisa en los labios y me acarició la cabeza. La cara se me enrojecía de vergüenza pero me sentí tranquila.
Me quedé con él parada a su lado, pero ellos ya no hablaban. El tiempo pasaba lento y sólo se escuchaban algunas conversaciones que venían desde adentro de las casas y el ruido de alguna olla de metal que golpeaban en la cocina.
- Andá para adentro Carmelina, fijate si tu mamma necesita ayuda.
Entre todas las cosas que me podría haber dicho en ese momento esa fue una de las que menos quería escuchar. Pero lo miré y empecé a caminar para adentro.
La sirena sonó dándonos el aviso de su llegada. Volvimos a escapar, volvimos a correr al bosque todos juntos. De tres en tres. Eran la misma cantidad que antes.
Acá, donde yo estaba, no había puentes, ni ferrocarriles, ni nada importante que pudieran atacar, era sólo un pueblo a las afueras de la ciudad así que no iban a llegar sus bombas hasta nosotros. Pero igual teníamos que escondernos porque en realidad ningún lugar era seguro, nunca se podía saber lo que pasaría….
Ya sabíamos lo que teníamos que hacer: correr al bosque, tirarnos panza al piso entre medio de los árboles y taparnos los oídos. Ya sabía cómo era, pero nadie se podía acostumbrar a esto… el miedo siempre estaba con nosotros, ya no había tranquilidad en nuestro pueblo, ni en nuestras casas, ni en nuestra familia. Me hubiese gustado no haber tenido que aprender eso nunca
- Papà… ¿Cuándo van a dejar de venir los señores malos? ¡No me gustan!
- Cuando se amiguen con los otros señores con los que están enojados…
- ¿Y cuando se van a amigar?
- No lo sé hijo. Pronto.
Pronto. Pronto se iba a terminar. Si papà lo decía es porque así iba a ser.
Pasaron tres días, y los tres días fueron sin aviones. Parecía que todo estaba calmándose. Todos decían que estaban más tranquilos y la verdad es que yo también lo estaba, ya no iban a volver. Quizás papà tenía razón, quizás todo había terminado.
Costaba empezar de vuelta después de tantas cosas horribles que pasaron. Sin embargo mamma y papà hacían lo posible por dejar todo eso atrás y seguían con los trabajos de siempre, pero ellos ya no se iban juntos a las tierras porque ese miedo a verlos llegar de vuelta estaba presente todo el tiempo.
Cuidábamos las raciones de comida, el agua, el querosén de la lámpara, todo era poco ahora.
Ellos volvieron… “me parece que fuimos ingenuos al pensar que no vendrían más”. Pero esta vez no eran las diez de la mañana. Eran las cuatro de la tarde, las nueve de la noche, las siete de la mañana, las doce del mediodía, y también había días en los que no venían, ya no se podía esperarlos. En cualquier momento, cualquier día, de repente aparecían y nos volvían a hacer correr a todos. Nos llenaban de pánico y nos sacaban casas, puentes, ferrocarriles. “Cada vez estábamos más cerca del peligro”… ¿Más cerca del peligro? ¿Estaban viniendo a atacar acá?
Yo sólo seguía a los demás. Nadie nos decía nada, todo lo que sabía era porque lo escuchaba cuando hablaban los grandes. Sólo quería que se terminara, ¡por favor! Sólo eso…
Una madrugada nos despertaron pidiéndonos que no hiciéramos ruido. No entendía nada, era muy temprano todavía, más temprano de cuando nos levantábamos para ir a la escuela, pero comimos un poco de pan con leche y empezamos a cargar algunas cosas sobre nuestros hombros y brazos. Una sensación extraña invadió mi casa en ese momento, era una mezcla de nerviosismo y tranquilidad.
“Nos vamos”, decían. Creo que una parte de mi estuvo esperando esa frase desde el día en que llegaron los aviones por primera vez, pero ahora que en realidad la estaban diciendo, ya no estaba segura de querer dejar todo lo mío atrás. Nuestra casa, nuestras tierras, nuestras cosas, dejábamos casi todo porque sólo nos llevábamos lo que podíamos cargar en nuestros brazos: algunos abrigos y un poco de comida. A pie era la única forma en la que podíamos pasar por ese sendero angosto que nos llevaba a las montañas.
Algo me decía que no iba a volver a ver mi casa por un largo tiempo, y antes de partir miré cada cosa, cada lugar para tratar de recordarlo tal cual lo habíamos dejado. Afuera estaba papà sujetando una soga alrededor del cuello de la vaca y de las dos ovejas que nos acompañarían en el viaje. Ya estábamos a punto de partir y un soplo de tristeza entró en mi corazón.
No sabía bien hacia dónde íbamos pero no lo haríamos solos, con algunos de mis tíos, mis nonnos y unos cuantos vecinos nos marchábamos lejos de acá.
Hacía frío, la oscuridad nos acompañaba, la lámpara de querosén alumbraba un poco el angosto sendero. Algunos habían levantado ramas largas del costado del camino y las usaban para tantear el suelo. Caminábamos despacio entre los yuyos y árboles, de vez en cuando nos tocaba pasar por alguna zona descubierta en donde la luna dejaba ver el camino con más claridad y entonces ahí el camino se hacía más rápido y fácil. Sentía que las manos se me congelaban e intentaba carga todo con una solo mano y mientras tanto calentaba la otra poniéndola debajo del brazo contrario.
Los ruidos en la oscuridad del bosque me daban un poco de miedo, creo que era así porque me hacían acordar a las historias que Miguel nos contaba camino a la escuela. La miraba a Anna que caminaba detrás de mí y me dí cuenta que el susto no era sólo mío. Entonces intenté pensar en que todos eran cuentos que los ancianos les contaban a los chicos para asustarlos, y mientras tanto esperaba a que el sol saliera para que alumbrara un poco esas siluetas al costado del camino.
No recuerdo haber pasados alguna vez por este lugar. Ahora que el sol seguía subiendo en el cielo me sentía más segura. El viaje durante la oscuridad había sido sólo silencio, silencio que se interrumpía cuando alguien tanteaba con una rama un pozo o algo en el medio del camino y nos advertía que tuviéramos cuidado, y desde que la luz llegó alguna conversación comenzaba y escucharla hacía que el tiempo pasara más rápido.
Llevábamos una, dos, tres, cuatro horas caminando. Ya se acercaba el mediodía y estaba cansada, me pesaban los brazos, pero no decía nada. Gino lloraba porque quería que lo alzaran “me duelen las pierna mamma”, gritaba. Hacía berrinche y tirándose en el suelo le estiraba la falda a mamma para que lo levantara. El nonno se enojaba por sus griteríos y refunfuñaba para que lo callaran. Y así, entre llantos y refunfuños, papà y los demás decidieron parar a descansar un rato.
Comimos fruta en un lugar llano y descansamos bajo un árbol seco, sólo nos quedamos lo suficiente para recuperar fuerzas para poder seguir, el tiempo parecía no sobrar y el camino cuesta arriba seguía…
Llegamos a la mitad de una montaña, las tierras cultivadas empezaban a ser parte del paisaje y de vez en cuando nos encontramos con alguna chocita de piedra con techo de laja al costado del sendero. Eran diminutas, apretadas, con el suficiente lugar como para que entrara sólo una camita y alguna otra cosa más. Papà nos contó que los dueños del terreno las habían construido para que cuando tenían que venir a trabajar estas tierras pudieran que pasar los días ahí. Eso fue el pie para que el nonno se entretuviera contándonos anécdotas de su juventud de cuando él tenía que refugiarse en chozas parecidas para escaparse de algunas personas que lo buscaban. Y mientras hablaba, algunas familias que venían con nosotros se empezaron a separar a medida que las chocitas aparecían, veía cómo se quedaban atrás y cómo sus manos se agitaban en el aire de la misma forma que lo hacía la madre de Miguel cuando nos despedía en esos días de escuela.
Nuestro camino seguía y miraba con ojos de admiración el nuevo paisaje. Pensaba que si no quedara tan lejos de casa podríamos venir de vez en cuando a jugar por acá porque era un lugar muy hermoso todo era verde alrededor, lleno de árboles y pájaros, casi no se escuchaba nada más que nuestras voces y el eco con el que desde el principio empezamos a jugar: nosotros gritábamos y el eco nos respondía, ¡era divertido!
Y llegamos. Dejamos lo que traíamos en una de esas chocitas, en la que íbamos a vivir junto a los hijos de los dueños de las tierras, dos nenes de diez y once años, mientras que todo esto durara. Era como una casita chica y, como antes lo había supuesto, sólo tenía una camita y una chimenea, no había mucho lugar para moverse y para estar. No había camas, ni colchones, ni espacio, lo primero que pensé fue cómo íbamos a hacer para dormir ahí y creo que en ese momento me di cuenta de por qué habíamos traído las frazadas.
Acomodamos un poco las cosas y después de un rato mamma y papà nos llamaron y empezamos a caminar otra vez hasta que llegamos a una parte de la montaña en donde había un agujero. “Esta es la cueva” nos dijeron. Entramos, era un hueco profundo y bajito, con suficiente lugar como para que unas cuantas personas entraran sentadas. Nos quedamos un rato ahí mientras que nos daban instrucciones de cómo teníamos que hacer en caso de que lo aviones llegaran hasta acá. “No tengan miedo, esto sólo es por las dudas. Ahora estamos muy lejos de la cuidad y no van a llegar”. El miedo volvió otra vez porque pensé que no los volvería a ver y ahora mis padres no daban instrucciones por las dudas de que regresaran. “¿Ya saben el camino para venir?” nos preguntaban.
Fue ahí cuando me enteré por qué habíamos venido hasta acá y por qué habíamos caminado más que algunos de los vecinos, era por la cueva.
Tuvimos que abandonar todo, nuestra vida de antes quedó atrás y nadie sabía por cuánto tiempo.
Extraño los días de escuela, caminar todos juntos los tres kilómetros para poder llegar, extraño la maestra, el guardapolvo y el cuaderno. Extraño cuando, al terminar el día y mis padres se iban a descansar, nos sentábamos en la cocina y alumbrados por la lámpara de querosén y la linterna de aceite comestible, nos poníamos a hacer los deberes para el día siguiente. Ya extraño mi casa.
Ahora todo eso ya había quedado atrás. Era raro para mí, y creo que para mis hermanos también, despertarnos en un lugar extraño y alejado de todo lo que conocíamos. Era la primera vez que no dormía en casa. Antes, había noches en las que después de cenar me escapaba para la casa de la nonna y me sentaba entre ella y el nonno mientras estaban frente al fuego de la chimenea, y después cuando se iban a dormir y aunque el nonno rezongara y se quejara, ella me decía que me acostara entre medio de los dos y acariciándome la espalda en voz baja me abrazaba y me decía que no le hiciera caso y que me quedara. Pero aún así seguía en mi casa, ahora me sentía lejos de todo, pero estaba con mi familia y lejos de los aviones.
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Me gusta mucho, Carolina. Sobre todo la minuciosidad de las descripciones, que le da mucha verosimilitud a la historia. Con este comienzo, vas a ser más sencillo seguir con tu proyecto (aunque ya no sea en el marco del taller).
ResponderEliminarSaludos!
Emilia