Aclaración: El texto no está terminado. Cualquier sugerencia será bien recibida. =)
Fotografiar es intentar guardar un momento en un papel, es tratar de conservar aquello que ese “algo” fotografiado produce. Pero ¿para qué? Para revivirlo.
Todo el tiempo recurrimos a las imágenes y momentos que guardamos en nuestro cerebro, los recuerdos conforman nuestra personalidad y nuestra historia. Podemos volver a ellos cada vez que nos lo propongamos o cada vez que algún estímulo tanto externo como interno nos lleve a hacerlo. Recordar es volver a vivir por un instante aquello que tuvo lugar en el pasado y que por alguna razón, ya sea por interés, profundidad o gusto, atesoramos en nuestra mente y que al evocarlo nos lleva en un viaje inconciente hacia algún lugar conocido pero imprevisto.
No hay otro motivo para querer congelar un instante que no sea el de pretender apoderarse de él, por eso cada imagen conlleva detrás todo un mundo de significaciones que nos motivan a conservarlas y todas ellas reviven cuando las contemplamos. El fotografiar algo porque sí, también tiene una finalidad, menos profunda pero valedera, esa motivación es la que lleva a que cuando nos preguntan por qué fotografiamos un objeto, responder “porque teníamos ganas”, “porque estaba aburrido” o “porque X persona me lo dijo”; el volver a esa imagen nos remite a esa situación.
Por eso, recurrir a una fotografía es estimular el recuerdo, estamos de acuerdo en que se habla de aquellas fotografías que forman parte de nuestra vida y de las cuales somos protagonistas en cualquier sentido. Las fotografías nos llevan a revivir una historia propia, en la que la imagen es sólo una parte de un momento conocido que se extiende mucho más allá de la inmovilidad de la misma. Por ejemplo, una representación en la que se ven unas cuatro personas paradas, mirando al frente y a su alrededor se extiende una hermoso paisaje con un río y montañas de fondo, quizás es una imagen “común” y muchas veces repetida, pero ella abre un inmenso abanico de posibilidades para su lectura que nos lleva a preguntarnos (y respondernos) qué paso en ese momento, por qué se eligió sacar esa fotografía y a qué nos recuerda; desatan un hilo de evocaciones que pueden ser placenteras o desagradables, que pueden referirse una pelea anterior, a un encuentro, un paseo; todo eso forma parte de ella y del significado que le damos y eso es lo que la hace especial y única.
Entonces podemos decir que la contemplación es el motor que inicia un viaje, la fotografía sería el mapa que guía el camino por el que vamos a conducir nuestros recuerdos. Posicionarnos frente a ella con ojos de espectadores de nuestras propias vivencias, es predisponernos a recuperar algo perdido o quizás oculto, algo que forma parte de nuestro ser pero que se mantiene flotante en nuestro pre-conciente hasta que lo “obligamos” a salir a la luz y a desarrollarse como una pequeña secuencia compuesta por imágenes móviles (algunas veces más borrosas y confusas, otras más lúcidas) que nos trasladan a ese momento y allí surge miles de ideas, sentimientos, emociones que se encuentran con otras ideas, sentimientos y emociones formando un menjunje al que podemos llamar nuestra selecta historia. Porque todo lo que sabemos, todo lo que evocamos es producto de nuestra selección inconciente.
El gran papel de los álbumes es marcarnos el recorrido de nuestra vida para poder recuperarlo. Cada foto es un momento, pero ese momento nunca es estático, ni tiene una sola forma de ser visto. Cómo lo miremos depende de la subjetividad de cada uno y del momento de nuestra vida en que lo hagamos. A modo de ejemplo se puede mencionar la foto de un juguete viejo, el mismo no tiene la misma importancia para cualquiera que la vea, siempre tendrá mayor valor afectivo para aquella persona a la que perteneció en su infancia que para quienes sólo lo vieron en alguna ocasión; pero a la vez ese sujeto al que pertenecía lo va a apreciar con distintas emociones si él o ella es todavía un niño/a y lo posee, o si es niño/a y lo extravió, o si ya es un adulto que lo recuerda con aire de anécdota o nostalgia. Existe una constante retroalimentación entre nuestro pasado y nuestro presente, ambos se complementan y el uno hace que el otro se modifique, así podemos acceder una y otra vez a la misma imagen pero reparando en formas distintas de recordarla.
¿Pero qué sucede cuando se presentan imágenes, que pertenecen a nuestra vida pero que no tienen un lugar, un momento, una situación detrás porque no logramos recordarla? ¿Se convierten en escenas ajenas a nosotros? Esto es frecuente cuando se trata de fotografías de nuestra infancia y es recurrente el hecho de que alguien se preste para hacernos “recuperar” lo que perdimos. Así una madre, un tío, un abuelo se sientan a reconstruir esa historia oculta a nuestros ojos contándonos las largas anécdotas que esa imagen tiene detrás. Pero cuando crecemos con esas historias ¿las mismas no pasan a ser, de alguna manera, parte de nuestros recuerdos?, ¿no las adoptamos como verdaderas y creemos imaginarlas? En este caso una situación que dio origen a una fotografía es introducida por medio de ella, algo que no existía en nuestros recuerdos se nos impone desde el exterior. Así cada fotografía adquiere su historia y su razón de ser. Este proceso es similar al que se produce aun cuando logramos recordar “ese” momento ilustrado porque es la fotografía la que nos lleva a volver a él y a reconstruirlo cada vez que la invocamos.
Ahora, cuando la imagen no es propia, no tiene relación con nuestra experiencia de vida sino que es obra de un fotógrafo inmerso en una experiencia distinta, una visión también distinta, quizás inserto en un tiempo histórico distinto, que se interesa por otras cosas y tiene un estilo fotográfico propio. ¿Qué sucede? ¿Son imágenes sin historia? No, toda fotografía tiene una razón de ser, algo a lo que evoca, algo que quiere expresar su autor y producir en quien la observa o la observará en un futuro. La imagen es usada para mostrar una realidad, una interpretación y una representación del mundo, un suceso, un sentimiento que proviene de su autor y que difícilmente podamos acatar al pie de la letra pero eso no significa que no podamos encontrar un sentido y un mensaje, los mismos provienen de nuestro interior. La imagen , todo lo que nos muestra y lo que creemos ver en ella, es el camino que nos lleva a recuperar todo lo que sabemos, todo lo que se almacena en nuestra mente para darle forma a cómo lo vamos a entender y qué sentido le vamos a dar. Y eso implica un viaje a otra realidad que no es la nuestra pero de la que, sin embargo, nos apropiamos aportándole nuestra experiencia. Por eso, a pesar de que no sea de nuestra autoría esa obra en parte nos pertenece porque es cada uno de nosotros el que cierra ese círculo incompleto de significaciones.
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Hola Carolina! El tema que elegiste me parece muy lindo e interesante, la vinculación con el viaje es, desde tu planteo, clara. Creo que de a momentos el texto se repite, vuelve sobre sí mismo y me resultó un poco confuso. Puede ser que tenga que ver con la forma en que se va ramificando. Quizás podrías revisar su "recorrido".
ResponderEliminarPor otra parte, sería interesante que comenzaras con alguna cita al respecto. Tengo entendido que Barthes realizó trabajos sobre el tema, puede ser que encuentres algún fragmento para usar de disparador.
Como punto de partida, me parece muy bueno, especialmente la primera parte!
Saludos!
Emilia